domingo, 5 de febrero de 2012

#311


Podrían abrirse los cielos, llover fuego y azufre; nada borraría la sonrisa de mi rostro. Ese era el efecto que causaba él en mi: una explosión de felicidad dentro de mi pecho, que se expandía por todo mi cuerpo con un hormigueo y hacia estremecerme de pies a cabeza.


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